En muchos contextos profesionales y personales, la identidad tiende a estructurarse en torno a la performance. El rol que ocupamos, los resultados que obtenemos y los objetivos que alcanzamos se convierten progresivamente en criterios de reconocimiento, pertenencia y valor.
Esta superposición funciona mientras el sistema se sostiene. Pero ¿qué ocurre cuando la performance deja de ser suficiente?
Cuando el resultado no llega, el rol cambia o aquello que durante años garantizó eficacia pierde de repente consistencia.
Es en estos pasajes donde la identidad entra en cuestión, a menudo de manera silenciosa y profunda.
Rol, resultado e identidad: planos que se confunden
El rol es una función: definida por un contexto, temporal y negociable.
El resultado es una medida: útil y necesaria, pero por naturaleza variable.
La identidad, en cambio, remite al sentido de quiénes somos, más allá de lo que hacemos u obtenemos.
Cuando estos planos se superponen, el riesgo es elevado. Un cambio de rol o un fracaso dejan de vivirse como acontecimientos y pasan a experimentarse como una puesta en duda del propio valor personal. Lo que vacila no es solo la performance, sino el sentido mismo de sí.
Diferenciar lo que sucede de lo que somos se vuelve entonces un paso necesario, no para proteger la identidad, sino para devolverle espacio y complejidad.
La crisis de performance como umbral evolutivo
Las crisis de performance suelen interpretarse como problemas que deben resolverse rápidamente. Sin embargo, cuando lo que antes funcionaba deja de hacerlo, se produce una disonancia que no afecta solo a la eficacia, sino al equilibrio interno de la persona.
Las respuestas habituales pierden fuerza, las estrategias consolidadas ya no bastan. En este vacío emergen preguntas que rara vez encuentran espacio en los momentos de éxito:
- ¿Quién soy cuando ya no puedo contar con mis recursos habituales?
- ¿Qué permanece cuando la eficacia deja de definirme?
- ¿Qué partes de mí piden ser reconocidas
En estos pasajes, la crisis deja de ser solo una interrupción y se convierte en un umbral evolutivo: un punto en el que la identidad no puede limitarse a confirmarse, sino que necesita ser renegociada.
Identidad y transición
Los momentos de transición —cambios de rol, reorganizaciones, fracasos, aumento de la presión o redefinición de objetivos— interpelan directamente a la identidad. Cuando el contexto cambia, aquello que antes sostenía el sentido de sí puede dejar de ser suficiente.
En estas fases surge la necesidad de reformular la propia narrativa interna: no tanto para adaptarse con rapidez, sino para comprender qué tipo de equilibrio es ahora posible. La identidad no se pierde, pero se pone a prueba en su rigidez o en su capacidad de transformarse.
No se trata de renunciar a la performance, sino de reubicarla: de fundamento de la identidad a su expresión. El resultado vuelve a ser una consecuencia, no el criterio último de definición personal.
Más allá del resultado: una cuestión de sentido
En contextos fuertemente orientados al objetivo, existe el riesgo de reducir la experiencia humana a una secuencia de prestaciones. Sin embargo, cuando la performance deja de ser suficiente, se hace evidente que lo que realmente sostiene la continuidad no es el resultado, sino el sentido que la persona atribuye a su propio recorrido.
Es en este espacio donde la identidad puede reorganizarse: no como una respuesta defensiva ante la pérdida de eficacia, sino como una elección más amplia y consciente. Una elección que incluye la performance, sin quedar atrapada en ella.
Conclusión
El trabajo sobre la identidad invita a permanecer en un espacio menos tranquilizador y más fértil, donde las etiquetas ya no bastan y las respuestas rápidas pierden centralidad. Es en ese espacio donde se vuelve posible reconocer aquello que permanece estable incluso cuando los roles cambian y los resultados vacilan.
Cuando la performance ya no es suficiente para sostener el sentido de sí, se abre un pasaje delicado pero generativo: no una pérdida de valor, sino una redefinición más amplia y consciente.
Es a menudo atravesando estos pasajes donde se hacen posibles transformaciones profundas, no reactivas y verdaderamente sostenibles en el tiempo.
Si mañana la performance dejara de ser nuestro principal criterio de valor, ¿qué parte de nuestra identidad seguiría en pie?
Ferruccio Conti.
Coach AICM Nº14124
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