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Una narrativa desde la neurociencia del hábito

Cambiar parece sencillo cuando lo pensamos desde fuera. Identificamos un hábito que queremos modificar, una reacción que se repite, una rutina que ya no nos representa. Sin embargo, cuando intentamos hacerlo, algo dentro de nosotros se resiste. Aparece el cansancio, la repetición, la sensación de estar “volviendo atrás”. Durante mucho tiempo se interpretó esto como falta de voluntad. Hoy, la neurociencia ofrece una explicación distinta y profundamente liberadora: no es debilidad, es biología.

El cerebro humano está diseñado, ante todo, para garantizar la supervivencia. Para ello prioriza la eficiencia energética y la predictibilidad. Tal como muestran los trabajos clásicos y actuales sobre hábitos, gran parte de nuestras conductas automáticas se sostienen en circuitos neuronales bien consolidados, especialmente en los ganglios basales, cuya función es automatizar acciones y reducir el esfuerzo cognitivo (Graybiel, 2008; Yin & Knowlton, 2006). Cada repetición fortalece esas rutas, haciendo que lo conocido resulte más accesible que lo nuevo.

Por eso, bajo estrés o fatiga, el cerebro no innova: regresa a lo familiar. Incluso si ese patrón ya no es adaptativo, sigue siendo el camino neuronal más eficiente. Resistirse al cambio, desde esta perspectiva, no es un error personal, sino una respuesta adaptativa orientada a conservar energía y reducir incertidumbre.

Sin embargo, el cerebro no es rígido. A lo largo de toda la vida conserva la capacidad de reorganizarse. Esta propiedad, conocida como neuroplasticidad, permite que nuevas conexiones se formen y se fortalezcan en función de la experiencia. Investigaciones de las últimas décadas han demostrado que el cambio cerebral no depende de la motivación puntual, sino de la repetición sostenida, la atención consciente y la implicación emocional (Kolb & Gibb, 2011; Siegel, 2012)

Aquí aparece una idea clave:

la plasticidad no responde a la urgencia, responde a las condiciones.

Muchos intentos de cambio fracasan porque se plantean desde la exigencia. Cuando el sistema nervioso percibe amenaza autoexigencia extrema, miedo al error, presión constante se activa el eje del estrés. Esta activación reduce la flexibilidad cognitiva y favorece respuestas defensivas y automáticas (McEwen, 2007). Desde ese estado, el cerebro no aprende; se protege.

La investigación en regulación emocional y teoría polivagal ha mostrado que el aprendizaje profundo solo ocurre cuando el organismo se siente seguro (Porges, 2011; 2022). En estados de seguridad fisiológica, el sistema parasimpático facilita la integración emocional, la reflexión y la capacidad de elegir respuestas nuevas. Sin seguridad no hay cambio sostenible.

La motivación también juega un papel central. Durante años se habló de la dopamina como la hormona del placer, pero hoy sabemos que su función principal está vinculada a la anticipación de recompensa y al aprendizaje motivacional (Schultz, 2015; Berridge & Robinson, 2016). El cerebro mantiene hábitos porque espera algo a cambio, incluso cuando la recompensa es mínima o disfuncional. Por eso, eliminar un hábito sin ofrecer una alternativa suele generar recaídas: el sistema motivacional queda “huérfano”.

Cambiar de forma sostenible implica entonces algo más que fuerza de voluntad. Implica diseñar experiencias que el cerebro pueda integrar: progreso visible, recompensas realistas, sentido personal. En esta línea, modelos recientes de cambio conductual muestran que los microcambios reducen la carga cognitiva y disminuyen la activación de amenaza, facilitando la consolidación de nuevas conductas (Fogg, 2019, Clear, J. (2018).).

El cuerpo también es parte del proceso. La regulación fisiológica, respiración, movimiento consciente, pausas modula directamente la actividad cerebral implicada en el aprendizaje y la toma de decisiones (Critchley & Harrison, 2013; Van der Kolk, 2016). El cambio no ocurre solo “pensando distinto”, sino sintiendo distinto en el cuerpo.

Y hay un factor que atraviesa todo el proceso: la relación con uno mismo. La autocrítica activa los mismos circuitos cerebrales asociados a la amenaza. La autocompasión, en cambio, se asocia con mayor regulación emocional, persistencia y capacidad de aprendizaje (Neff & Germer, 2019). Ser amable con uno mismo no reduce la disciplina; aumenta la eficacia neurobiológica del cambio.

Desde esta mirada, cambiar no es llegar a una versión ideal de uno mismo. Es entrenar, día a día, la capacidad de elegir con mayor conciencia. Es colaborar con el propio sistema nervioso en lugar de luchar contra él. Cuando comprendemos cómo funciona nuestro cerebro, el cambio deja de ser una batalla interna y se convierte en un proceso humano, posible y sostenible.

 

RimaPalVal.

Coach AICM Nº14271

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