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Una reflexión sobre las decisiones, las adicciones y el momento en el que dejamos de tener el control.

Hay decisiones que tomamos en apenas unos segundos y que pueden acompañarnos durante años. O quién sabe si para toda la vida.

Algunas parecen insignificantes, otras las tomamos sin pensar demasiado y en muchas ocasiones decimos SÍ cuando en verdad queríamos decir NO.

Seguimos a los demás porque no queremos sentirnos diferentes o simplemente porque pensamos que no puede pasar nada.

El problema es que no siempre podemos saber qué hay detrás de esa decisión.

No podemos ver el camino completo cuando estamos dando el primer paso.

Por eso, creo que una de las decisiones más importantes que podemos aprender en la vida es a anticiparnos. A detenernos unos segundos antes de hacer algo y preguntarnos dónde puede llevarnos.

No se trata de vivir con miedo ni de intentar controlar todo lo que sucede. Se trata de aprender a reconocer que algunas decisiones tienen consecuencias que quizá todavía no somos capaces de imaginar.

Y, sobre todo, de entender que decir que NO también es una forma de elegir.

Hay momentos en los que decir NO puede parecer difícil.

Quizá porque todos los demás dicen que SÍ.

Quizá porque queremos formar parte de un grupo.

Quizá por miedo a sentirnos rechazados.

Quizá porque pensamos que por una vez no puede pasar nada.

Pero hay decisiones que son mucho más fáciles de tomar antes de conocer sus consecuencias.

Y eso es algo que aprendí demasiado tarde.

Yo también pensé que podía controlar mis propias decisiones.

Yo también pensé que sabía hasta dónde podía llegar.

Yo también creí que, si algún día quería parar, simplemente pararía.

Pero las cosas no siempre funcionan así.

Al principio crees que eliges tú.

Durante mi adolescencia, las drogas estuvieron demasiado cerca de mí. Formaban parte de un entorno que hizo que aquello no me resultara extraño ni lejano.

Empecé a consumir siendo muy joven y, como probablemente les ocurre a muchas personas, nunca imaginé que aquello pudiera llegar a convertirse en el problema que terminó siendo.

Nadie empieza pensando que quiere convertirse en una persona adicta.

Nadie consume por primera vez pensando que quiere perder el control de su vida.

Yo tampoco.

Al principio crees que eliges tú.

Y quizá ese sea uno de los mayores peligros.

Porque mientras piensas que tienes el control, no sientes la necesidad de recuperarlo.

Pero poco a poco, aquello que tú escogías puede empezar a escoger por ti.

Empieza a decidir dónde vas, con quién estás, en qué piensas, cómo empleas tu tiempo y qué lugar ocupa todo lo demás en tu vida.

Hasta que un día descubres que ya no estás tomando las mismas decisiones que antes.

Viví durante unos años en el frío y oscuro mundo de las adicciones.

Un lugar que nunca te enseña la puerta de entrada. Cuando menos te lo esperas ya estás dentro de él.

Y salir de allí no depende solo de querer hacerlo.

Y ahora, cuando miro hacia atrás, entiendo que el problema no apareció de repente.

Fue sucediendo poco a poco.

Por eso, cuando hablo de anticiparnos, no me gusta hacerlo desde el miedo. No creo que la solución sea simplemente decirle a una persona que las drogas son malas y esperar que con eso sea suficiente.

Prefiero hablar desde la verdad.

Desde lo que yo viví.

Desde lo que me habría gustado que alguien me explicara cuando todavía estaba a tiempo de tomar decisiones diferentes.

Porque si pudiera sentarme hoy delante del chico que fui, no le gritaría. No le diría que estaba desperdiciando su vida. No intentaría hacerle sentir culpable.

Le diría algo mucho más sencillo:

Todavía puedes elegir.

Puedes elegir no probar.

Puedes elegir alejarte de determinadas situaciones.

Puedes elegir no hacer algo simplemente porque los demás lo hacen.

Puedes elegir cuidar de ti aunque alguien piense que eres diferente.

Y puedes elegir pedir ayuda cuando sientas que algo empieza a escaparse de tus manos.

Porque decir que NO, no significa tener miedo.

A veces significa tener suficiente claridad para saber qué quieres para tu vida antes de que sea demasiado tarde.

Y quizá esa sea una de las decisiones más importantes que podemos aprender a tomar.

No esperar a que algo nos haga daño para empezar a alejarnos de ello.

No esperar a perderlo para valorar lo que tenemos.

No esperar a tocar fondo para pedir ayuda.

Yo tuve que llegar bastante lejos para entenderlo.

Necesitaba ayuda.

Llegó un momento en el que comprendí que no podía continuar viviendo como lo estaba haciendo. Había perdido el rumbo y, aunque durante mucho tiempo había pensado que podía solucionarlo solo, finalmente tuve que reconocer algo que me costó muchísimo:

Necesitaba ayuda.

Y aquella decisión cambió mi vida.

No porque al día siguiente todo estuviera solucionado.

No porque dejar una adicción sea sencillo.

No porque pedir ayuda haga desaparecer de repente todos tus problemas.

Cambió mi vida porque, por primera vez en mucho tiempo, tomé una decisión que iba en dirección contraria a todo lo que me estaba destruyendo.

Decidí que quería vivir de otra manera.

Y a partir de ahí comenzó un camino largo. Un camino que me llevó a estudiar, a formarme, a descubrir capacidades que ni siquiera sabía que tenía y a construir poco a poco una vida que, años atrás, no habría imaginado.

Pedir ayuda también es elegir.

Por eso hoy no quiero escribir únicamente para quien nunca ha consumido.

También quiero escribir para quien ya está dentro.

Para quien quizá lleva tiempo intentando parar.

Para quien siente que ha perdido el control.

Para quien piensa que ha llegado demasiado lejos.

Porque si algo aprendí es que pedir ayuda también es elegir.

Quizá cuando una adicción está instalada ya no resulte tan sencillo decir que no.

Quizá necesites apoyo profesional, familiar o social.

Quizá necesites recorrer un camino largo para recuperar algo que un día parecía tan sencillo como tomar tus propias decisiones.

Pero eso no significa que sea demasiado tarde.

Yo pude cambiar.

Y si alguien me hubiera dicho cuando estuve en ese infierno que algún día estaría escribiendo estas palabras, probablemente no le habría creído.

Todavía puede existir una elección.

Quizá por eso hoy me gusta tanto hablar de las decisiones.

Porque no podemos controlar todo lo que ocurre en nuestra vida, pero sí podemos aprender a preguntarnos qué hacemos con aquello que nos ocurre.

Podemos aprender a anticiparnos.

A detenernos.

A escucharnos.

A decir que no.

A pedir ayuda.

A elegirnos.

Y, sobre todo, podemos recordar que incluso cuando sentimos que hemos perdido el control, todavía puede existir una elección delante de nosotros.

Quizá no podamos cambiar lo que hicimos ayer.

Quizá no podamos borrar las consecuencias de algunas decisiones.

Pero podemos decidir qué hacemos con nuestra historia a partir de hoy.

Porque hay momentos en la vida en los que todavía puedes elegir.

 

David Torrent

Coach AICM Nº13162

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