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El sueño del bebé es uno de los temas que más preguntas genera en las familias.

“¿Cuántas horas debería dormir?”
“¿Por qué se despierta tanto?”
“¿Debería dormir toda la noche?”
“¿Necesita una rutina?”
“¿Lo estoy acostumbrando a los brazos?”
“¿Por qué duerme bien unos días y después vuelve a despertarse?”

Vivimos en una sociedad que muchas veces presenta el sueño infantil como algo que hay que conseguir, controlar o entrenar. Pero el sueño de un bebé no es un comportamiento que podamos medir únicamente por el número de horas que duerme.

Un sueño saludable comienza, sobre todo, por un entorno seguro, unas expectativas realistas y una respuesta sensible a las necesidades del bebé.

¿Cuánto debe dormir un bebé?

No existe una cifra mágica que determine cuánto debe dormir cada bebé.

Las necesidades de sueño cambian con la edad y también existen diferencias individuales.

Como referencia, la OMS señala unas 14–17 horas diarias para los bebés de hasta 3 meses y unas 12–16 horas para los bebés de 4 a 11 meses, contando el sueño de todo el día y la noche.

Pero estas cifras son orientativas.

Un bebé puede encontrarse dentro de un rango saludable y distribuir esas horas de una manera completamente diferente a otro bebé de la misma edad.

Por eso, además de mirar el reloj, debemos observar al bebé.

El sueño del recién nacido no es el sueño de un adulto

Durante los primeros meses, el sueño del bebé está todavía madurando.

Los despertares frecuentes tienen una función: pueden responder al hambre, a la necesidad de contacto, a cambios en el entorno o a la propia inmadurez del sistema de regulación del sueño.

Esperar que un recién nacido duerma durante muchas horas seguidas puede generar frustración y llevar a las familias a pensar que existe un problema cuando, en realidad, están ante una característica normal del desarrollo.

Dormir toda la noche no debería ser el único indicador de un sueño saludable.

Un bebé que se despierta para alimentarse y vuelve a dormirse con ayuda de su familia no está necesariamente durmiendo mal.

Sueño saludable y sueño seguro no son exactamente lo mismo

Es importante diferenciar ambos conceptos.

Podemos hablar de sueño saludable cuando tenemos en cuenta aspectos como el descanso, los ritmos, las necesidades del bebé, el bienestar familiar y la calidad de la experiencia.

Pero antes de todo ello está el sueño seguro.

Las recomendaciones de la Academia Americana de Pediatría indican que los bebés deben dormir boca arriba, sobre una superficie firme, plana y no inclinada, en un espacio propio para dormir y sin objetos blandos o ropa de cama suelta. También recomienda compartir habitación con los padres, pero no la misma superficie de sueño, idealmente durante al menos los primeros seis meses.

Esto significa que almohadas, cojines, peluches, protectores acolchados y mantas sueltas no deben formar parte del espacio de sueño del bebé.

Además, los sofás y sillones son especialmente peligrosos para dormir con un bebés.

La seguridad debe estar por encima de cualquier método

Cuando una familia está agotada, es comprensible que busque soluciones rápidas.

Sin embargo, no todo lo que se comercializa como producto para “mejorar el sueño” es seguro.

Las recomendaciones actuales desaconsejan utilizar productos inclinados o dispositivos que no estén diseñados y homologados para el sueño seguro del bebé. Tampoco se recomienda utilizar monitores cardiorrespiratorios domésticos como estrategia para prevenir la muerte súbita del lactante.

Por eso, cuando hablamos de sueño infantil, mi primera pregunta no es:

”¿Cómo conseguimos que duerma más?”

Es:

”¿Dónde y cómo está durmiendo?”

La seguridad siempre es el punto de partida.

Las rutinas pueden ayudar, pero no necesitan ser rígidas

Una rutina no tiene que significar seguir un horario militar.

Los bebés se benefician de la previsibilidad. Repetir determinados pasos antes de dormir puede ayudarles a reconocer que se acerca un momento de descanso.

Puede ser algo tan sencillo como:

baño o aseo → pijama → luz tenue → alimentación → brazos y contacto → canción → dormir.

No necesitamos una rutina perfecta ni idéntica todos los días.

La vida con un bebé cambia constantemente. Hay días de visitas, vacunas, viajes, enfermedad, brotes de desarrollo, cambios en las siestas o simplemente días difíciles.

Una buena rutina debe ser suficientemente flexible para acompañar al bebé, no para convertir la vida familiar en una sucesión de horarios imposibles.

Acompañar el sueño no significa crear malos hábitos

Uno de los mayores miedos de las familias es “acostumbrar” al bebé a los brazos.

Pero un bebé no necesita aprender a ser independiente desde los primeros meses.

Necesita sentirse seguro.

Cogerlo, mecerlo, alimentarlo, acariciarlo o acompañarlo hasta que se duerma son formas de responder a una necesidad de regulación y contacto.

La OMS recomienda el cuidado sensible y receptivo durante los primeros años de vida, apoyando a las familias para poder responder a las necesidades de sus hijos.

La autonomía llegará progresivamente. No tenemos que exigirla antes de tiempo.

¿Y los despertares nocturnos?

Los despertares forman parte del sueño infantil, especialmente durante los primeros meses.

El objetivo del acompañamiento profesional no debería ser eliminar todos los despertares a cualquier precio.

Debemos preguntarnos qué hay detrás de ellos.

¿El bebé tiene hambre?

¿Necesita contacto?

¿Está pasando por un cambio evolutivo?

¿Sus siestas están siendo adecuadas?

¿Existe alguna molestia?

¿La familia está atravesando un momento especialmente exigente?

Cada bebé y cada familia necesitan una mirada individualizada.

Y cuando existe un problema persistente de sueño, una valoración profesional puede ayudar a distinguir entre una variación normal del desarrollo y una situación que merece ser estudiada.

El descanso de la familia también importa

Hablar de sueño infantil sin hablar de los padres sería quedarse a medias.

Un bebé necesita cuidados, pero sus cuidadores también necesitan descanso y apoyo.

No se trata de buscar una maternidad perfecta ni de conseguir que el bebé duerma de una determinada manera para demostrar que lo estamos haciendo bien.

Se trata de encontrar estrategias seguras y realistas que permitan cuidar al bebé y, al mismo tiempo, proteger el bienestar de toda la familia.

Pedir ayuda también forma parte del cuidado.

Aceptar que alguien prepare una comida, cuidar los turnos de descanso cuando sea posible o buscar acompañamiento profesional no significa que no podamos con nuestra maternidad.

Significa que no tenemos por qué hacerlo todo solos.

El objetivo no es un bebé que “duerma perfecto”

Me gusta pensar en el sueño infantil como un proceso de maduración, no como un examen que el bebé tiene que aprobar.

Habrá noches buenas y noches difíciles. Habrá etapas en las que el sueño parezca avanzar y otras en las que aparezcan más despertares.

Eso no significa necesariamente que hayamos hecho algo mal.

Un sueño saludable es aquel que tiene en cuenta el desarrollo del bebé, sus necesidades emocionales y físicas, el descanso familiar y, por encima de todo, la seguridad.

Como asesora de lactancia, especialista en sueño infantil y consultora de maternidad, mi propósito es acompañar a las familias para que puedan comprender el sueño de sus bebés, tomar decisiones informadas y encontrar soluciones respetuosas que encajen en su realidad.

Porque no necesitamos enseñar a nuestros bebés a dormir a cualquier precio. Necesitamos aprender a comprender su sueño, protegerlo y acompañarlo mientras madura.

Marina Sancho

Coach AICM Nº14356

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