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Me resulta muy curiosa la definición que tenemos la mayoría de las personas cuando hablamos del silencio.

Solemos asociar el silencio con la calma, la tranquilidad y nuestra paz interior.

Nos hemos acostumbrado a considerar el «ruido exterior» como uno de los principales causantes del estrés.

Desconectar, relajarnos, estar en calma… Todo ello se lo hemos atribuido, en gran parte, al silencio. Incluso cuando nos referimos a la meditación, solemos hablar de dejar la mente en blanco.

Pero ¿hasta qué punto es cierto todo esto?

¿Qué significa realmente meditar?

En primer lugar, cuando hablamos de meditación, muchas veces partimos de una idea equivocada sobre lo que realmente significa meditar.

Meditar no consiste en silenciar nuestra mente.

Nuestro cerebro mantiene una actividad constante, incluso durante los momentos de descanso. Sin embargo, esto no significa que estemos pensando conscientemente en todo momento.

La meditación, especialmente cuando hablamos de mindfulness o atención plena, nos enseña a permanecer en el presente, a observar nuestros pensamientos sin juzgarlos y a evitar que estos acaparen toda nuestra atención.

No se trata de dejar de pensar, sino de aprender a relacionarnos de otra manera con aquello que pensamos.

¿Pensamos más cuándo estamos en silencio?

Por otro lado, desde la psicología sabemos que, cuando disminuyen los estímulos externos, podemos prestar una mayor atención a nuestros propios pensamientos.

Esto significa que, cuando nos encontramos en un ambiente de silencio y tranquilidad, nuestros pensamientos pueden hacerse más presentes.

Pero aquí aparece una cuestión interesante: ¿realmente pensamos más cuando estamos en silencio o simplemente somos más conscientes de lo que ya estábamos pensando?

Quizás el silencio no amplifique nuestros pensamientos, sino que nos permita escuchar aquello que el ruido cotidiano mantenía en un segundo plano.

Cuando el silencio no nos transmite paz

Sin embargo, hay una realidad que muchas veces pasa desapercibida.

No todas las personas encuentran tranquilidad en el silencio.

Para algunas, esos momentos de aparente calma pueden convertirse en un encuentro incómodo con sus propios pensamientos, preocupaciones y emociones.

Vivimos rodeados de estímulos constantes. La televisión, las redes sociales, la música o nuestras obligaciones cotidianas ocupan buena parte de nuestra atención.

Pero ¿qué ocurre cuando todo ese ruido desaparece?

En ocasiones, nos encontramos frente a aquello que llevamos tiempo intentando evitar.

Nuestros miedos, las preocupaciones por un futuro incierto, los recuerdos que todavía nos duelen o esas conversaciones internas que parecen no tener fin.

Es lo que habitualmente conocemos como «ruido mental».

El ruido mental: cuando los pensamientos nos atrapan

En psicología encontramos fenómenos como la rumiación, un proceso mediante el cual nuestra mente vuelve repetidamente sobre determinados pensamientos, preocupaciones o experiencias negativas, sin que necesariamente encontremos una solución.

A veces, nos quedamos atrapados en aquello que ocurrió y ya no podemos cambiar. Otras, anticipamos situaciones futuras que todavía no han sucedido, imaginando consecuencias que quizás nunca lleguen a producirse.

Y es precisamente ahí donde nuestros pensamientos pueden convertirse en una fuente importante de malestar emocional.

Lo curioso es que, en ocasiones, intentamos combatir ese ruido mental buscando todavía más ruido en el exterior.

Nos mantenemos ocupados, buscamos distracciones y llenamos nuestros días de actividades, sin detenernos a comprender qué nos está sucediendo realmente.

Pero evitar constantemente aquello que sentimos no siempre consigue que desaparezca. A veces, simplemente aplaza el momento de enfrentarnos a ello.

Aprender a vivir con nuestros pensamientos

Y quizás una de las mayores dificultades no sea aprender a vivir en silencio, sino aprender a convivir con nuestros propios pensamientos sin convertirlos en nuestros enemigos.

Porque no todos los silencios significan paz, ni todas las sonrisas representan felicidad.

Algunas veces, detrás de una persona que apenas habla, existe una batalla que nadie conoce, un miedo que no se atreve a expresar o una lucha que libra cada día en soledad.

Quizás deberíamos aprender a escuchar un poco más aquello que las personas no nos dicen.

Porque hay silencios que, aunque no hagan ruido, pueden estar gritando por dentro.

 

 

David Torrent

Coach AICM Nº13162

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