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Hablamos mucho del tiempo que nos falta y poco de la energía con la que iniciamos cada día. Podemos tener horas libres y aun así sentirnos sin fuerza para encarar lo cotidiano.

La energía no depende de la voluntad: es el resultado de procesos fisiológicos que mantienen en equilibrio al cuerpo y al sistema nervioso. Esa disponibilidad interna, más alta o más baja, influye directamente en cómo pensamos, cómo sentimos y cómo respondemos a lo que nos pasa. Cuando la energía es limitada, todo se vuelve más costoso: concentrarnos, vincularnos, sostener el ritmo del día. Por eso es clave aprender a reconocer qué la consume y qué la restaura

Una parte esencial de esa energía se define mientras dormimos. Durante la noche, el cuerpo entero trabaja para reparar. El cerebro organiza información, el sistema nervioso baja su nivel de activación, las hormonas del estrés descienden y los tejidos se reparan. Cuando ese descanso es insuficiente o se interrumpe varias veces, comenzamos el día sin esa “recarga” fundamental. No arrancamos en cero: arrancamos por debajo y nuestro sistema está obligado a compensar desde el inicio.

La calidad de nuestra alimentación también es un factor clave, ya que es el combustible que le damos a nuestro cuerpo para generar esa energía. Cuando pasamos muchas horas sin comer, elegimos opciones muy procesadas o ingerimos alimentos que no sacian, el cuerpo recibe menos recursos para recuperar lo que gasta

Pero la falta de energía no proviene solo de dormir poco o comer de manera inadecuada.

También se construye en pequeñas acciones que repetimos sin notarlo. Y aunque parezcan detalles, sostenidas en el tiempo tienen un impacto real. Por ejemplo: vivir siempre apurados, comer sin sentarnos, revisar mensajes mientras hacemos otra cosa, pasar horas en la misma postura o saltar de actividad en actividad sin una mínima pausa Son comportamientos automáticos que mantienen al cuerpo en un nivel de activación,

Cuando ese estado se prolonga, el sistema nervioso interpreta que hace falta estar en alerta y nuestro organismo funciona en un ritmo que no da lugar a la recuperación.

El resultado es una sensación de agotamiento que no siempre sabemos nombrar. Allí es donde se manifiesta en: falta de foco, irritabilidad, dificultad para conectar con lo que nos hace bien, apatía y esa sensación de “llegar muertos” al final del día.

La buena noticia es que la energía también puede recuperarse. Para eso no hace falta tiempo extra, sino señales claras que le indiquen al cuerpo que puede disminuir la activación.
Algunas de las practicas más efectivas son:

• Respiración consciente.

Dedicar uno o dos minutos a respirar profundo y lento, de manera consciente, ayuda a disminuir la activación interna y a darle al cuerpo un punto de descanso.

Movimiento: Caminar, estirarse o mover las articulaciones libera tensión muscular acumulada y trae más claridad.

•Pausas breves entre tareas: Un corte aunque sea pequeño, como levantar la mirada, cambiar de postura, soltar los hombros, ayuda a que la atención se reorganice y evita la saturación.

•Contacto con la naturaleza: Abrir una ventana, sentir el aire o el sol en la cara, o caminar al aire libre disminuye el nivel de estrés.

Cuidar la energía no significa sumar nuevas exigencias, ni construir otra lista de tareas para hacer. Tiene más que ver con prestar atención a cómo estamos viviendo y hacer pequeños ajustes que nos permitan sostenernos mejor.

La energía que cuidamos se refleja en nuestras decisiones, en nuestro humor, en la manera en que nos vinculamos con los demás y sobre todo en como transitamos nuestro día a día.

Y aunque no podamos cambiar el ritmo del mundo, sí podemos elegir qué nos sostiene para atravesarlo mejor.

 

Carolina Longo

Coach AICM Nº14318

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