Había una vez un rey que vivía muy triste y que tenía un criado que siempre parecía ser muy feliz. Todas las mañanas despertaba al rey y le llevaba el desayuno cantando alegres canciones de juglares. En su distendida cara se dibujaba una gran sonrisa y su actitud ante la vida era siempre serena y alegre.
Un día, el rey le exigió que le contara el secreto de su alegría. El paje contestó que no había tal secreto.
– Es que no tengo razones mata estar triste, Majestad. Su Alteza me honra permitiéndome atenderle.
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