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Una confusión que rara vez se nombra

El deseo de cambiar puede durar años sin convertirse en cambio real. Cambiar de trabajo, poner un límite, empezar algo, dejar algo. El deseo es real, intenso, incluso agotador de sostener durante tanto tiempo. Y sin embargo, nada se mueve.

La explicación fácil sería decir que esa persona no quiere cambiar lo suficiente. Pero eso no encaja con lo que realmente se observa: la intensidad del deseo no predice nada sobre si el cambio va a ocurrir. Hay quien desea algo con una fuerza que casi duele, año tras año, sin dar un solo paso real. Y hay quien decide algo con una convicción mucho más discreta, y lo sostiene hasta el final.

El motivo tiene que ver con una confusión que rara vez se nombra: el deseo de cambio y el cambio en sí no son la misma experiencia interna, aunque compartan el mismo objeto.

Lo que el deseo alivia, y lo que no

El deseo es un estado emocional. Aparece, se siente, incluso puede generar cierto alivio —sentirte alguien que “está trabajando en ello”, que “lo tiene claro”, que “va a hacerlo en cuanto pueda” ya reduce parte del malestar que motivó el deseo en primer lugar. Es una forma de aliviar la tensión sin tener que tocar todavía la parte incómoda del proceso.

El cambio real es otra cosa. Es una serie de decisiones concretas, sostenidas en el tiempo, que casi siempre exigen tolerar más incomodidad antes de sentir alivio, no menos. No hay atajo emocional: hay que atravesar la parte que duele para llegar al otro lado, y eso no se parece en nada a la sensación reconfortante de “querer”.

Por eso el deseo, cuanto más se repite, más fácil resulta confundirlo con progreso. Cada vez que alguien vuelve a decir “esto tiene que cambiar”, siente que se ha acercado un poco más — aunque en términos de conducta real, nada se haya movido desde la última vez que lo dijo. El deseo se convierte, sin que la persona lo note, en un sustituto cómodo de la acción que evita.

La pregunta que sí predice algo

Esto no es un problema de motivación ni de fuerza de voluntad. Es un problema de qué se está midiendo. Si la pregunta es “¿cuánto quiero esto?”, la respuesta puede ser sincera, intensa, y aun así no decir nada sobre si va a ocurrir. La pregunta que sí predice algo es distinta: ¿qué estarías dispuesto a sentir de incómodo, de verdad, para conseguirlo? No cuánto lo deseas — qué estás dispuesto a pagar, en malestar tolerado, por tenerlo.

Esa pregunta no siempre tiene una respuesta agradable. Y es precisamente por eso que casi nadie se la hace.

 

Eva María Martínez Sordo

Profesional AICM Nº14307

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